La subyugante belleza del abandono

Monasterio de Valdeiglesias

“La subyugante belleza del abandono”. Así podría haberse titulado la conferencia pronunciada por el arquitecto Ignacio Barceló (Premio Nacional de Restauración y Conservación de Bienes Culturales 2014) en el marco de las actividades paralelas de la exposición “El triunfo de la imagen” celebrada en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. La conferencia versaba sobre los trabajos que está realizando la Dirección General de Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid en el Monasterio de Santa María la Real de Valdeiglesias, ubicado en la localidad de Pelayos de la Presa.

Del citado Monasterio solo quedan las ruinas. La desamortización de Mendizábal (1836) fue el inicio de un rápido período de abandono, deterioro y expolio de una construcción con siglos de historia a sus espaldas. Una historia que había comenzado en 1150 con la fundación del Monasterio, por parte del Rey Alfonso VII El Emperador, con una comunidad de monjes procedente del Monasterio de Santa María de la Santa Espina de Valladolid. La comunidad estuvo sujeta, inicialmente, a la Regla benedictina, aunque años más tarde se incorporaría a la orden cisterciense. Precisamente, los valores de pobreza, obediencia y ascetismo de esta orden, así como su modelo social propio (estructurado de forma piramidal), condicionaron la arquitectura del Monasterio, de estilo sobrio. Una arquitectura en la que predominan los elementos del Arte Gótico pero que también incluye ejemplos de Románico, Renacimiento y Barroco. El período entre los siglos XV y XVI fue la época de mayor esplendor. De esas fechas eran el retablo de Juan Correa de Vivar, del que hoy pueden verse algunas tablas en el Museo del Prado, y la Sillería del Coro, conjunto de carpintería elaborado por Rafael de León que, tras la desamortización, fue a parar a la Catedral de Murcia.

La historia reciente del Monasterio comienza en 1974, año en el que fue adquirido por el arquitecto Mariano García Benito (1928-2012) tras encontrar en la prensa un anuncio de venta de las ruinas. García Benito, artífice de la conservación del complejo, dedicó sus esfuerzos a la protección del Monasterio, declarado Monumento Histórico-Artístico Nacional en 1983,  y a la catalogación, consolidación y reconstrucción, en la medida de sus posibilidades, de los distintos elementos que lo integran (Iglesia, capilla, sacristía, claustro, hospedería y dependencias de monjes y conversos). En 2004, García Benito donó el Monasterio al pueblo de Pelayos. El Ayuntamiento, a su vez, cedió el recinto a la Fundación Monasterio Santa María la Real de Valdeiglesias, presidida por el arquitecto hasta su muerte. Entre las aportaciones de García Benito destaca la elaboracion de los planos del Monasterio, una documentación que ha resultado de gran utilidad para poner en valor sus elementos arquitectónicos y culturales.

En 2012, la Comunidad de Madrid presentó los trabajos de consolidación y restauración que habrían de realizarse en el Monasterio, aunque las obras no empezarían hasta meses después. La financiación fue el principal escollo. Finalmente, recursos procedentes del denominado 1% cultural recogido en la Ley de Patrimonio Histórico y del Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER) han permitido avanzar en sucesivas intervenciones. El director de los trabajos de restauración, Ignacio Barceló, consciente de que el Monasterio es actualmente un edificio fragmentado sin posibilidades de reconstrucción, se ha fijado como objetivo conservar la belleza estética de las ruinas a partir del desescombro cuidadoso de los elementos que no han resistido el paso del tiempo, la selección y clasificación de los materiales encontrados, la creación de analogías formales en la recuperación de espacios concretos y la consolidación del conjunto para detener el proceso de ruina. De momento, ya se ha intervenido en la bóveda y en la arquería del claustro gótico y en la fachada Norte, entre otros espacios. Pero aún queda mucho por hacer.

Porque la restauración del Monasterio de Valdeiglesias no pasa únicamente por la consolidación o reconstrucción, en la medida de lo posible, de sus elementos. Será necesario elaborar un plan de viabilidad o un plan director con el fin de identificar nuevas funciones o actividades paralelas al uso museístico que garanticen su sostenibilidad en el futuro y su integración en el entorno. Además, habrá que redactar un plan de conservación de las obras realizadas y de las que habrá que seguir ejecutando. Ojalá ese trabajo pueda hacerse a partir de un proceso de participación en el que vecinos, agentes sociales y amigos del Monasterio puedan sugerir y opinar sobre los intereses económico-culturales asociados al recinto para preservar su belleza subyugante.